«sembró en la piedra, floreció y dejó sus frutos…»


El mejor lugar para florecer y fructificar, es donde el Señor nos lleva y aunque algunos te dejen, Él sigue acompañando y es Él quien hace fecunda la vida de entrega de sus elegidos. Una frase (algo larga), podría ser el reflejo de la vida del P. ALFREDO SILVA MESQUIDA, un sacerdote que tenía su corazón arraigado en cinco amores: 1) La Eucaristía 2) MARÍA Santísima 3) su ser MISIONERO y 4) su amor incondicional por la PALABRA DE DIOS y todo eso fue lo que generaba 5) su amor a su comunidad, a su pueblo, a su gente, que durante más de 10 años en la Parroquia María Auxiliadora de Guichón (Dpto. Paysandú), donde se desvivió y se desgastó, se entregó e hizo de su vida una ofrenda a su pueblo.

Su cercanía a su gente, su capacidad de “ESTAR y ACOMPAÑAR” son cosas que su gente algún día contarán o por cierto dejarán que su corazón exprese aquello que vivieron, en las visitas a las comunidades, más allá del camino pedregoso, cosa que nunca impidió el ir y estar con aquellos que simplemente eran su gente y lo hicieron parte de sus vidas, donde ya no solo era el cura que iba a rezar misa, sino que era el amigo que los visitaba y que no tenía alergia de estar con ellos, porque se sentía uno de ellos, en cualquiera de las comunidades, que atendía con el mismo cariño que lo hacía en la sede parroquial

Tendría que hacer una relato largo, de cada uno de los cinco puntos mencionados, pero quisiera destacar algo, que lo sentí y lo experimenté de cerca y esto no me lo contaron sino que fue parte de lo compartido y lo vivido en su compañía. De las muchas cosas que sorprendía por su manera de ser, una de esas cosas que reflejan de manera clara su nobleza y su entereza, su ser cura de pura cepa, fue ver de qué manera acompañaba a las comunidades, para que ellas tuvieran una experiencia de Dios y allí surge, el tema de la LECTIO DIVINA, (aunque difícil de pronunciar), buscó la forma que su gente tuvieran los elementos para alimentar su encuentro con Jesús, por medio de su palabra escrita y así, sin resquemores, pero con total lucidez y claridad de aquello que buscaba, se esmeraba en hacer QUE LA PALABRA DE DIOS FUERA FÁCIL, para su gente (conste que la parroquia donde estuvo más de 10 años, es considerada parroquia rural, de campo, con todo lo que eso implica, grandes distancias, dificultad para congregar a la comunidad, y un preconcepto: que tenían poca formación).

Todos esos preconceptos no fueron un impedimento, para que él solo, en el aislamiento físico donde está esa comunidad, pudiera ir sembrando, contra viento y marea, con adversidades y contratiempos, (de dentro y de fuera de la parroquia), abriendo el surco de los corazones de su gente con esa Palabra de Dios sembrada con tanta entrega y celo misionero, transmitiendo aquello que lo alimentaba y sostenía en su misión.

se esmeraba en hacer QUE LA PALABRA DE DIOS FUERA FÁCIL, para su gente

Para esa gente que dicen que no tenía formación, el P. Alfredo se encargó de providenciar, de distintas maneras, instancias de formación (no avalado por los pseudoexpertos), pero fecundas por los frutos y por todo el entusiasmo que generaba a aquellos que correspondían a la convocatoria de ese párroco, que vivía y se dedicaba a su gente, porque buscaba imitar al que encontraba en la Palabra escrita.

Había formación permanente, y sorprendentemente, aquellos que más lejos vivían eran los que nunca faltaban y así toda la parroquia fue teniendo un lenguaje común, como fue la LECTIO DIVINA, no intelectualizada, sino aterrizada, reflexionada desde la vida, para ser aplicada a la vida. Y allí, en medio de tantas piedras del camino, esa palabra que una vez más demostró que es viva y eficaz, fue generando procesos de transformación, la gente le perdió el miedo a la Biblia y eso que deja experiencias y testimonios de tantos hombres y mujeres a lo largo de toda la revelación, de repente fue alimento espiritual, que generaba entusiasmo y dinamismo a esa gente sencilla de corazón dócil.

Y así, las comunidades reflexionaban la Palabra y las celebraciones comenzaron a tener la vitalidad de la acción vivificante del Señor por medio su Palabra escrita, que se estaba escribiendo en los corazones de la gente y eso hacía y formaba la comunidad, que no estaba cimentada en el cura de turno, sino en una comunidad, que estaba sedienta y anhelaba conocer a ese Dios, que motivaba a ese cura, que aunque ya mayor, tenía la vitalidad de un jovencito, porque el fuego que tenía en su corazón, lo impulsaba de ir a todas las comunidades, aún a aquellas que respondían menos, pero a quienes de igual manera se entregaba y promovía ese encuentro vital con el Señor por medio de su Palabra.

No quisiera nombrar a nadie, porque sin duda quedarán muchos en el tintero, pero sí, es bueno recalcar, que el P. Alfredo, fue alguien que supo, mover cielos y tierras para dar el alimento de la Palabra de Dios a su gente, y el tema era HACER QUE EL MATERIAL SEA SENCILLO, fácil, que la gente lo pueda utilizar y entender y así compartir esa palabra que cala lo más hondo del ser. En ese sentido el P. Alfredo, no tuvo miedo de pasar tijera a los escritos largos y dejar lo esencial, eso que SIRVE A LA GENTE, eso que les ayuda a estar más cerca del Señor y así, hizo de la parroquia de Guichón, una parroquia, donde hizo que la Palabra escrita de Dios quedara escrito en los corazones de su gente.

Y ni qué decir, de la CATEQUESIS BÍBLICA (tampoco aprobada por los pseudoexpertos), donde desde el primer acercamiento a la Iglesia, por medio de la catequesis, buscó que estos que son el mañana de la Iglesia, tuvieran una experiencia de Dios, por medio de los textos bíblicos, presentando a un Jesús cercano, amigo, compañero, un Dios que tanto nos amó que nos mostró como vivir como hijos de Dios siendo comunidad. Ahí definitivamente, eso que se puede discutir en el escritorio, es inobjetable en la vida, por el entusiasmo y la participación de los niños y de ahí sus familias…y también de las catequistas. Ahí el dicho de Jesús, …por los frutos lo conocerán…, eso pasa a ser algo propio de la Parroquia de Guichón y de la convicción y el entusiasmo que generó el P. Alfredo.

Naturalmente que hablar de un amigo, me lleva a ser subjetivo en mi planteo, pero más allá de eso, lo cierto, es que el P. Alfredo, amó a su comunidad, dejó su vida ahí donde le mandaron, hizo que floreciera su parroquia, con la generosidad de su comunidad, que veían en él, a ese hombre desprendido y servicial, que estaba dando todo de sí para hacer germinar y brotar esa palabra de Dios en medio de tantos pedregales. Lo lindo, es que ahora podemos ver todo lo que dejó, lo mucho que soñó y trabajó, y al final, dejó como un legado suyo a esa imagen “histórica” de María Auxiliadora, en la parte alta de la entrada del templo, en actitud maternal, mirando a su comunidad y así llevando a toda esa parroquia a su HIJO. 

Al final de cuentas, qué bueno poder agradecer por lo que fue la vida del P. Alfredo, por su entrega y testimonio, por su generosidad existencial, por su darse sin condiciones y sin protestar ni quejarse, por estar donde lo mandaron, sino ahí, con espíritu misionero, amó y amó hasta el final, estando de pie como párroco, hasta cuando Aquel por quien vivió lo llamó, para cosechar tanto bien que ha hecho. Y así, creo que los que tuvimos la dicha de conocerlo, nos toca agradecer por su entrega y su testimonio y por habernos mostrado, que sí es posible animar una comunidad con esa Palabra de Dios que es fuente de vida, que lo fue para él y lo seguirá siendo para aquellos que lo acompañaron y creyeron en él.

Que el P. Alfredo, que buscó vivir su sacerdocio, al estilo del Buen Pastor, que supo siempre ir delante de su comunidad indicando el camino, animándolos y alentándolos a fundamentar su fe en la Palabra de Dios, que hoy ya pueda estar contemplando el rostro de Dios y que ya esté participando de la vida de Aquel que lo llamó y lo acompañó, que lo animó y lo sostuvo y que ahora le habrá dicho: “…siervo bueno y fiel…, ven a participar de mi vida…”.

Que el P. Alfredo, descanse en paz y siga intercediendo por su querida e inolvidable parroquia María Auxiliadora, de Guichón.

P. Jesús Antonio Weisensee H.

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