Las lágrimas que nos construyen


La Facultad de Medicina comparte la reflexión del Dr. Ernesto Gil Deza, Director de la Especialización en Oncología Clínica de la Facultad: «Las Lágrimas que nos construyen” publicado en el blog del Canal 21 y que Su Santidad el Papa Francisco ha tenido la gentileza de publicarla en L’Osservatore Romano.

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El agua de nuestra concepción, aquella que transforma la tierra (nostrum) en barro con el que se moldea la figura humana,  fluye de la naturaleza, tenemos alma pero no conciencia, somos construidos mediante un programa exquisito en el que se armoniza nuestro desarrollo intrauterino como el despliegue de una sinfonía biológica, rememoramos el pasado primigenio de vida en la ontogénesis de nuestra persona: podemos ver el origen de la vida unicelular, la organización y especialización de las células de nuestro cuerpo y la placenta; los brotes celulares que construirán nuestros órganos y todas las partes de nuestro cuerpo. Ahí vemos como se despliega la sabiduría evolutiva de nuestro genoma, branquias antiquísimas aparecen y se fusionan; un corazón bicameral que se perfecciona en las cuatro cavidades; la notocorda que induce la aparición de un esbozo de sistema nervioso que será similar a los gusanos, a los reptiles y a los mamíferos.

Es imposible conocer la intimidad de la embriología humana y no maravillarse del camino que tuvo que recorrer la biología, las aguas de la naturaleza, para llegar al hombre. Por eso nuestra inicial fraternidad es para con todos los seres vivos y para con esa enorme incubadora de vida que es nuestro hermoso planeta, al que tanto hacemos sufrir. Sin esa historia de aguas primigenias de cuatro mil millones de años la vida humana no sería posible. Honrar esa historia es cuidar nuestra casa y cuidar nuestros hermanos vivientes.

Pero al instante de nacer emitimos nuestro primer grito y a partir de allí el agua con la que continuaremos nuestra modelación serán las lágrimas. 

Sí, mi querido amigo. Todo el desarrollo de tu ser en este mundo, desde tu nacimiento y hasta tu muerte estará regado de lágrimas. Algunas lágrimas de alegría, otras de sufrimiento. Serán ellas y las respuestas que des a tus lágrimas las que pulirán tu ser, darán brillo a tu figura y terminarán de crearte.

Las hay de todo tipo: logros esforzados, frustraciones insuperables, pérdidas inesperadas, conversiones dolorosas, angustias atenazantes, temores amenazantes, trabajos extenuantes, milagros cotidianos, reencuentros anhelados, despedidas pacíficas… todas ellas forman parte de nuestra historia personal y llegan directamente a los lagrimales para que brote esa agua marina que llamamos lágrima…bañe nuestro rostro y calme nuestro corazón.

Hoy te invito a recordar tus lágrimas. Te invito a que pienses un instante en que pensó el Cristo frente a la tumba de su amigo Lázaro ¿Acaso no sabía en su corazón que lo iba a resucitar? ¿Por qué entonces llora? Porque del mismo modo que en su Bautismo santificó las aguas, en la expresión de la pena por la muerte del amigo santificó la amistad, la pena y las lágrimas. Es imposible amar y no sentir pena ante la pérdida del ser amado.

Las lágrimas te permiten ver con mayor claridad. Limpian la córnea y dejan translúcida la mirada. Por eso cuando llores de emoción por el éxito alcanzado no te olvides que es transitorio, fugaz, apenas un instante y cuando llores de angustia por la injusticia que sufres, tampoco olvides que es transitoria, apenas un instante. 

Si en la cumbre de tus éxitos las lágrimas te recuerdan que no eres Dios, en el valle de tus padecimientos te recuerdan que Dios siempre está contigo.

Las lágrimas te permiten fertilizar las emociones humanas. Para que te desarrolles como persona debes experimentar un abanico de emociones que te permitan tener tu propio edén en tu corazón. 

Esa ecología de las vivencias te protege en las vicisitudes. Cuando la vida te quita casi todo, pero te deja los recuerdos, no te ha quitado casi nada. Cuando la vida te deja todo, pero te quita tus recuerdos, te deja casi sin nada. Nadie puede quitarte lo que has sido, ni la vejez, ni la cárcel. Ese mundo de recuerdos esta regado por las lágrimas.

Hay unas últimas lágrimas, que son el destilado de una vida. Quiera Dios que cuando nos vayamos podamos hacerlo con la dignidad y la paz de los que viven plenamente y mueren de la misma manera. 

Esas lágrimas finales son el legado, lo que dejamos a los que nos han amado y nos han cuidado. 

Esas lágrimas se las dejamos a los que han velado nuestro sueño, alimentado nuestro hambre, cubierto nuestra desnudez, liberado nuestras cadenas y portado nuestras cruces. 

Esas lágrimas se expresan no sólo en el muriente sino en quien le cuida, por primera y única vez un alma llorará en dos cuerpos. 

Cuidar a una persona muriente es una tarea enorme, de la que puedo dar testimonio porque he acompañado a más de un millar de pacientes y sus familias hasta la muerte. Es también una tarea inolvidable, cada palabra y gesto permanece imborrable, para bien o para mal, el resto de nuestra existencia. 

Por eso poder llorar juntos en ese momento es liberador para ambos. 

Esas lágrimas quedarán guardadas en el corazón del que sobrevive hasta su propia muerte en que, si tiene la bendición de que le cuiden, podrá legarlas a su vez.

Cortar una vida antes de tiempo es expropiar el legado de esas lágrimas, es creernos señores de la historia y de la vida, es matar el recuerdo y la esperanza. 

La vida no es sólo crecer, reproducirnos, producir y consumir, la vida plena es también morir, llorar, padecer, sufrir y legar. 

Benditas sean las lágrimas que nos permiten rememorar y recordar estas verdades.

Un abrazo a la majada
Ernesto

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