El hijo de José


Por Luigi Schiavo

En el Evangelio de este domingo (Lucas 4,21-30), que es la continuación del domingo pasado, en dónde Jesús anunciaba su misión profética en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús es rechazado por sus aldeanos, quienes casi lo matan: lo han visto crecer, lo conocen bien, saben que él es uno de ellos («el hijo de José»), y no pueden aceptar que sea el profeta, el mensajero de Dios, el mesías.

Eso porque tienen otro concepto de mesías que, según la opinión común, debía ser de origen divina, una persona extraordinaria, fuera de lo común, el hijo del rey o de la clase alta, una persona preparada para esta misión, etc. Ciertamente, no una persona “normal”. La idea que subyace a este tipo de pensamiento es que la ´salvación´ siempre viene desde arriba, o de alguien que es más grande y más capaz que nosotros.

Y así, siempre acabamos delegando a otros la solución de nuestros problemas, en muchos casos a comunes o vulgares aprovechadores, que encantan con palabras hermosas y promesas redundantes. Es el caso, por ejemplo, de muchos políticos, que no pasan de meros populistas, capaces de convencer a las multitudes con un palabreado bonito, y que engañan con la promesa de recetas para cualquier problema. Las consecuencias, desafortunadamente, son visibles a los ojos y a los bolsillos de todos… Es el caso, también de muchos líderes religiosos, cuyas supuestas capacidades divinas hechizan a multitudes de seguidores, atraídas por el encanto de soluciones fáciles y baratas. Podríamos continuar infinitamente con otros ejemplos…

Sin embargo, en cierto sentido, la gente de Cafarnaúm tenía un poco de razón: no eran tontos y no querían ser engañados. Sin embargo, no entendían la fuerza del pequeño, del frágil, del pobre, del “hijo de José”, así como del hijo de Antonio, de Lucía, de Inés, desconocidos ante los poderes comunes. Esta Fuerza es el resultado de la conciencia crítica que tenemos de la realidad, de la indignación ante los continuos abusos y de la decisión de «ensuciarnos las manos», de comprometernos y colaborar en las resoluciones de problemas personales y, sobre todo, colectivos y sociales. Se dice que una ramita es fácil de romper, pero si se junta con otras, no se rompen fácilmente.

Debemos creer en nuestra fuerza, en la fuerza de los pequeños, a pesar de nuestra sencillez, insignificancia, de las pocas capacidades, de la fragilidad… Convencidos que uno apoya al otro, en el sentido de que la complementariedad compensa las deficiencias de cada uno. Es así que podemos transformar la realidad y luchar por un mundo diferente, donde la voz de los pequeños sea escuchada y sus derechos respetados.

Fue así que el “hijo de José” se convirtió en el Cristo, para enseñarnos que no hay un mesías salvador, sino un pueblo mesiánico que, unido, puede transformar el mundo. Porque, como dice una canción muy famosa, «sueño que se sueña solo puede ser pura ilusión; sueño que se sueña juntos es señal de solución«.

Luigi Schiavo

El autor, Doctor en ciencias de la religión, con especialización biblia. Fue coordinador de teología en la Universidad Pontificia de Goias (Brasil). Investigador en el Departamento Ecuménico de Investigación DEI, de Costa Rica 2011.


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