La mujer, Palabra de Dios desde su origen


Por: Hna. Wilma Mancuello, mic

El texto de Génesis 1,1 – 2,4a, uno de los más célebres relatos de creación, obra ejemplar del autor sacerdotal, describe el fundamento de toda existencia e invita a la escucha y a la contemplación de la palabra creadora de Dios más que a la elocubración teológica. Así, en su primera página, la Escritura invita a contemplar lo que proclama: la mujer es palabra de Dios. Fue creada por Dios, junto y simultáneamente que el varón, en el sexto día de la creación. El medio empleado por Dios es el uso de la Palabra: “Y dijo Dios: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (…).Y creó Dios al hombre a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Gn 1,26-27).

En otras palabras, Dios llamó a la vida al varón y a la mujer hablando y ellos vienen a la existencia como palabras vivientes de Dios. Así lo entiende la tradición rabínica: “el mundo fue creado con diez palabras” (Pirqué Abot V,1). En efecto, a lo largo del pasaje escuchamos la frase “y dijo Dios” wayyómer ‘elohîm, una repetición litánica de 10 veces (cf. vv. 3.6.9.11.14.20.24.26.28.29) que evoca el decálogo (=diez palabras. Cf. Ex 34,28; Dt 4,13; 10,4). En los días, tercero (vv. 10b.12b) y sexto (vv. 25b.31a) Dios se muestra sumamente contemplativo. En ambos días Dios crea elementos de la naturaleza llamadas a continuar la vida: vegetales, animales y seres humanos. De este modo, esta actitud contemplativa de Dios es una inclusión entre los vv. 4 y 31. Dios contempla, ve su obra creadora, esto significa que Dios ama su obra y la protege, especialmente aquella relacionada a continuar dando curso a la vida. 

De este actuar y contemplar de Dios, se hace eco el autor de Pr 8,1-31 donde aparece una figura poética, mediadora bajo la imagen femenina, don de Dios para el mundo (vv. 1-4). Ella es la Sabiduría personificada, primogénita de Dios (vv. 22-31), madre y maestra de Sabiduría salida de la boca del Altísimo (Sir 24,3) que se encarnó históricamente en la Escritura de Israel (Sir 24,23) de modo que la Sagrada Escritura es femenina.

La relación entre la mujer y la Palabra de Dios hunde sus raíces en el misterio de la creación que proclama la voluntad divina de que ella sea una de las expresiones originales de su hablar, de su expresarse, de su Palabra. Por eso no es de extrañar que los Evangelios atestiguen la amistad de la Palabra Encarnada con las mujeres y ellas sean las primeras misioneras de su Pascua: el paso de la muerte a la Vida, sean las anunciadoras de la continuación del fluir de la Vida ofrecida como don al mundo.

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