Jn 14, 15-21: algunas pistas para comprender el texto.


Mons. Damián Nannini

Debemos recordar que en la sección de Jn 14,12-26 se desarrollan cuatro promesas que Jesús hace a sus discípulos en su discurso de despedida:

1. hacer obras mayores que Él;

2. el don del Paráclito;

3. la inhabitación del Padre y del Hijo en los creyentes;

4. la recepción de la enseñanza del Paráclito.

El texto que leemos este domingo nos presenta la segunda y tercera de estas promesas con sus respectivas condiciones. En efecto, la condición para recibir el don del Paráclito es el amor a Jesucristo. Si los discípulos aman a Jesús estarán en condiciones de observar sus mandamientos. Si los discípulos cumplen los mandamientos, Jesús le pedirá al Padre y él les dará otro Paráclito, para que esté siempre con ellos.


El texto griego habla de “paráclito” -παράκλητος- que etimológicamente significa “alguien llamado para que esté junto a uno y lo ayude o defienda”, de aquí que se pueda traducir como “consolador”, “ayudante”, “consejero” o “intercesor”. Como término técnico en el campo legal significa también “abogado” o “defensor”, como reflejan algunas traducciones. Jesús habla de “otro” Paráclito dejando en claro que él mismo lo ha sido para sus discípulos durante su vida terrena. Y este Paráclito lo sustituirá y prolongará su obra en favor de los discípulos; siendo una persona distinta del Padre y del Hijo.


En 14,17 se lo llama “espíritu de la verdad” y, de este modo, se lo identifica con el Espíritu Santo que será enviado por el Padre para que acompañe, guíe, ilumine y defienda a los discípulos mientras dure la ausencia física de Jesús después de su resurrección.
Ahora bien, sólo el Espíritu de la Verdad puede llevarnos a experimentar la Verdad de Dios; la Verdad de su Amor incondicional por nosotros. Y sólo pueden recibirlo los verdaderos discípulos de Jesús, que son quienes lo aman y guardan sus mandamientos. El mundo no lo puede recibir porque no lo ve ni lo conoce.

Los discípulos, en cambio, serán capaces de contemplar y conocer-experimentar a Jesús en su condición de Hijo de Dios glorificado. Se trata de Jesús resucitado, ausente por tres días, pero que luego volverá a sus discípulos y ellos podrán verlos porque creen, lo aman y observan sus mandamientos; en cambio los del mundo, los que no tienen fe, no podrán verlo. En otras palabras, los discípulos podrán experimentar que Jesús está en el Padre y que la vida del Padre se encuentra en Jesucristo porque ellos mismos participarán de esta vida, de la relación filial entre el Hijo y el Padre.


Llegamos aquí a la tercera promesa de Jesús: la venida del Padre y la manifestación del Hijo: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (14,21). El verbo “manifestar” (emfanizō) significa hacer visible, descorrer el velo para que se vea. Llegamos entonces, como fruto maduro, a la experiencia cristiana de Dios, de Cristo que vive y habita en el cristiano.

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