Miqueas 6, 8 o la recuperación de las relaciones interpersonales


«Anuncio para ti, ser humano, lo que es bueno
y lo que Yahvé está buscando de ti,
solamente esto: practicar el derecho
y amar la solidaridad
y ser humilde para andar con tu Dios»
 (Miq 6,8).
Miqueas 6,8 es una referencia bíblica muy citada. ¿Quién no se ha encontrado con este pasaje en algún espacio comunitario, en un ambiente de celebración litúrgica, en un retiro…? ¿Qué se esconde detrás de estas palabras? ¿En qué ambiente fueron dichas? ¿Para quién fueron dichas? ¿Qué querían provocar? ¿Por qué forman parte de la tradición profética? En fin, ¿por qué nos son tan atractivas? La curiosidad me llevó a escudriñar este versículo en el momento que tuve la oportunidad de estudiar al profeta Miqueas. Es un gusto poder compartir con ustedes algunos resultados de esta búsqueda.

A MODO DE INTRODUCCIÓN

El primer paso, indispensable para el estudio de Miq 6,8, está relacionado con el asunto de la delimitación: fecha, lugar y autoría. Sólo después tendremos las herramientas necesarias para poder interpretarlo. Veamos brevemente algunas consideraciones generales.
Miq 6,8 no es un versículo suelto, está incluido dentro de un cuerpo que podemos llamar unidad literaria, o sea, una unidad con principio, medio y fin. Para entenderlo es necesario situarlo en el pasaje 6,1-8. Esta delimitación permite un sentido completo, que gira en torno de un lenguaje jurídico, vinculado al «proceso de Dios» contra un sector social (cf. vv. 1-2). En este proceso jurídico entran asuntos de la historia de Israel, de su memoria teológica (cf. vv. 3-5), de su culto (cf. vv. 6-7) y, finalmente, de instrucciones o, dicho en un lenguaje más cotidiano, de catequesis (cf. v. 6)
El profeta Miqueas está situado a finales del siglo VIII a.C. Y quizás su profecía fue proclamada entre los años 725-701. Es decir, más de una generación después de Amós, que actuó hacia el 760[1]. Teniendo en cuenta que la profecía hablada y el texto escrito no pertenecían a la misma época, en mi opinión, la unidad 6,1-8 está localizada en tiempos del exilio o del pos-exilio. Esta fecha se justifica porque el lenguaje del texto se relaciona con la Obra Historiográfica Deuteronomística, corriente que dio la última redacción a los textos bíblicos dispersos en la mitad del siglo VI a.C., cuando la historia de Israel ya estaba resuelta.[2] 

Para referirnos al lugar hemos de tener en cuenta que la unidad 6,1-8 está relacionada con un sector sapiencial. Las críticas que se hacen permiten decir que el texto no viene de la ciudad, ni del área sacerdotal, y menos aún de la monarquía o del Estado; y sí de sectores campesinos, en la región de Judá, que tenían una espontánea autonomía para criticar el santuario y el ambiente urbano. Es importante decir que el mismo Miqueas pertenece a una tradición campesina, y es también originario de Judea. Por ello es posible que 6,1-8 fuera redactado por grupos posteriores a Miqueas, de su misma línea profética.
En suma, hasta el momento tenemos tres afirmaciones:
1) Miqueas 6,1-8 es un texto redactado en el exilio o pos-exilio;
2) proviene de Judea;
3) su autoría está vinculada a círculos campesinos de la línea profética miqueana.
A partir de aquí, procederemos a elaborar una alternativa de lectura. 

DESARROLLO INTERPRETATIVO

Miq 6,8 es una propuesta nacida de la sabiduría. Este elemento se encuentra desde el inicio del texto, en 6,1: «¡Escucha lo que Yahvé está diciendo!». El verbo «escuchar» está relacionado con la sabiduría y se repite tres veces en los primeros dos versículos del texto. Esto indica que ante la Palabra de Dios no se admite la indiferencia, sino se espera una actitud de disponibilidad. Los sujetos de la escucha son mencionados en los versículos 1-2: «montes», «colinas», «fundamentos de la tierra», «pueblo…», que en el lenguaje de Miqueas son los jefes y dirigentes de Israel, concentrados en la ciudad (cf. Miq 3,1.9; 6,9). Estos destinatarios son procesados por conflictos sociopolíticos, por oprimir los pobres desde sus estructuras de poder.
Este sector estatal (cf. vv. 1-2) es cuestionado fuertemente en los versículos 3-5: «Pueblo mío, ¿qué hice para ti? ¿En qué te cansé…? Te hice subir de la tierra de Egipto…». La profecía de Miqueas se dirige a un sector social que no sólo perdió su memoria teológica, también perdió su identidad y su compromiso. Es necesario recordarle su pasado y las cosas que Dios ha hecho por él: vio su miseria, escuchó su grito, conoció sus angustias, bajó para liberarlos, y se dispuso a conducirlos a un lugar donde la vida es posible (cf. Ex 3,7-11).
¿Qué sucede con este pueblo sin memoria, este pueblo que «sube alto» pisando en la cabeza de su misma gente?[3]. Lo que Israel hace, en el contexto miqueano, es degradante: no tiene compasión ni de sus propios hermanos. Esta práctica avasalladora estaba legitimada por el sistema religioso. Así han de entenderse los próximos versículos: «¿Con qué me presentaré a Yahvé?… ¿con holocaustos?… ¿con becerros?… ¿con millares de carneros?… ¿con torrentes de aceite?.. ¿Daré mi primogénito por mi pecado?…»(vv. 6-7). 
Estos cuestionamientos forman una crítica al sector religioso dominante que, mediante el sacrificio, busca mejorar su relación con Dios. Observemos que el tipo de ofrenda viene de personas pudientes, por eso se escoge deliberadamente lo más elevado para Dios: «becerros», «carneros», «torrentes de aceite», «primogénito»… 
¿Quiénes son éstos que, inquietos, hacen ofrendas a Dios? Quizás se trata del mismo sector que está siendo juzgado en los versículos 1-2 por concentrar todo lo del pueblo en torno al palacio, lugar de abundancia. Ellos ofrecen lo que tienen de sobra. El santuario, de esta manera, ha perdido su razón de ser: ya no es un lugar de oración, de acogida al pobre, de instrucción y justicia; es un espacio para el sacrificio, medio de robo eficaz y, al mismo tiempo, objeto de denuncia profética. No con holocaustos, becerros, carneros o torrentes de aceite, Dios espera ser agradado, tampoco mediante sacrificios de personas, porque el ser humano tiene otro fin. Miqueas, mediante su entorno campesino, recuerda nuevamente cuáles son las cosas en las que Dios se place.
Comienza diciendo: «Anunció para ti, ser humano, lo que es bueno» (v. 8). Tengamos en cuenta que el verbo con el que comienza este versículo hace referencia a Miq 3,1.6, o sea: lo que es bueno ya fue dicho, pero, además, fue olvidado por la comunidad receptora. Entra en juego la paciencia teológica del que anuncia. La frase destaca el carácter antropológico mediante la expresión ser humano, queriendo decir que el texto posee una dimensión universal.
El aspecto ético también está presente en la primera frase del versículo 8. Se trata de una ética inspirada en la atmósfera creadora de Dios. A este ser humano, pequeño y limitado, niño y dependiente, se le ha dicho lo que es bueno y bonito con respecto a la liberación de la vida en el momento en que ella está siendo amenazada. Miqueas, dentro de la tradición profética-sapiencial, anuncia que lo bueno y Dios están íntimamente relacionados, porque lo bueno[4] está a favor de la vida, y la vida, en su sentido esencial, sólo es posible en comunión con Dios.
Este versículo va agudizando su significado en la medida en que avanza la lectura. El pensamiento de la primera frase: «Anunció para ti, ser humano, lo que es bueno», tiene continuidad en la segunda: «y lo que Yahvé está buscando de ti». Recordemos que en la lengua hebrea no existe el verbo ser o estar. Por eso, con esta frase estamos ante una oración nominal, que no tiene límite de tiempo. 
Lo que Yahvé está buscando del ser humano, revela un acto ininterrumpido. Puede entenderse dentro de cierto carácter de terquedad teológica que persigue un objetivo: que el ser humano acoja, en la autonomía de su decisión, un proyecto de vida. Según la teología del Antiguo Testamento que aquí se expresa, son requeridas tres condiciones para quien pretende encontrarse con Dios. Ellas están compuestas por categorías benéficas diferentes: 
La primera: practicar el derecho. En su cotidianidad, el ser humano tiene la oportunidad de relacionarse y estar en armonía con Dios. El mispat («derecho»), se entiende como el acto de favorecer lo que corresponde a cada persona en su individualidad. Está relacionado con las cosas fundamentales y necesarias para que la vida sea posible: agua, comida, bebida, ropa, techo, salud, etc. (Miq 3,1; 8.9.; 7). Lo que una persona tiene de sobra pertenece a la otra que carece de lo mínimo para vivir dignamente.
La segunda condición es amar la solidaridad. Este verbo introduciendo la frase hace recordar inmediatamente Dt 6,5: «amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza», y también recuerda Lv 19,18: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Porque el amor[5], en su sentido bíblico, posee esta dimensión tri-polar, yo/Dios/otro. Se trata de un amor que implica una relación íntima y, al mismo tiempo, interpersonal. No se entiende como una simple expresión ética, sino como una disposición de servir al sencillo, donde Dios se encuentra, según su Palabra (cf. Ex 13,21).
El amor en el versículo 6,8 es un elemento que complementa el derecho. Él no nace como una obligación porque va más allá de lo establecido. Es una disposición espontánea que lleva al ser humano a ser solidario. Esta virtud se torna vida en la teología del camino, en lo no planeado, en lo inesperado, donde se presenta una oportunidad para ser humano, disponiendo lo que se tiene para garantizar la vida.
Amar la solidaridad presupone, en su sentido antropológico, un aspecto comunitario. La hesed[6] («solidaridad») se manifiesta, concretamente, en actos particulares de misericordia. Va más allá del comportamiento recíproco. Designa la prueba de un sentimiento de cordial amistad. Habla de la virtud de quien se olvida de sí mismo y se dona de corazón sincero. Esto es lo que se busca del ser humano, por eso, quien posee la hesedtambién posee la disponibilidad para salir, no sólo al encuentro de Dios, sino también, al encuentro de los demás. En Miqueas, el amor solidario es pensado como una respuesta humana a la hesed primera de Dios. Éste exige al ser humano aquello que Él ya ha hecho con el propio ser humano. Y esta exigencia no se entiende como una recompensa, sino como una postura de gratitud ante lo recibido. Quien ha experimentado solidaridad está llamado a ser solidario con las otras personas.
La tercera condición es ser humilde para andar con tu Dios. Esta humildad es lo contrario del ambiente de ofrendas pomposas (cf. vv. 6-7), donde queda manifestada una propaganda social de lo que se hace. El culto que agrada a Dios son los caminos de justicia, andados de la mano con la prudencia. Caminar humildemente con Dios es vivir según su ética: justa, solidaria y verdadera. Esta última condición deja claro que la vanagloria no forma parte de este proyecto de vida. La sana («humildad»[7]) se entiende a partir de la modestia. El ser humano con esta virtud camina con cautela, reconociendo que Dios es Dios, y que Él avanza bajo su sombra, sin descartar la relación amistosa. El ser humano humilde tiene el control de su ser, y no pretende invadir lo que a Dios pertenece. En este sentido, humildad y sabiduría están asociados. 

A MODO DE CONCLUSIÓN

La propuesta de vida de Miq 6,8 se sitúa dentro de la tradición profética veterotestamentaria y destaca por: su visión de futuro, su perspectiva universal, su propuesta de cambio religioso, la recuperación del sentido primario de las relaciones interpersonales, la promoción de una visión teológica alternativa… y todo lo que a esto se le pueda añadir. Las palabras miqueanas, aunque antiguas, siguen siendo nuevas.
Vale para nosotros preguntarnos: ¿con qué me presentaré ante el Señor? Observando nuestra vida encontramos la respuesta.
 



[1] Milton Schwantes, Sofrimento e esperança no exílio – História do povo de Deus no século VI a. C., Oikos, São Leopoldo 2007, p. 66.

[2] Martin Noth, O deuteronomista, Nova Jerusalém, Fortaleza 1993, p. 156.

[3] Me doy permiso para salir del protocolo exegético e iluminar la interpretación con las palabras de Monseñor Romero en una de sus homilías, cuando se dirigía al ejército del Salvador: «Ante la voz del gobierno que dice ¡matar! tiene que prevalecer la voz de Dios que dice: ¡no matar!, porque ustedes están torturando sus propios hermanos».

[4] H. J. Stoebe, «tob “Bueno”», en Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, vol.1, Cristiandad, Madrid 1978, p. 913.
[5] E. Jenni, «’hb “Amar”», en Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, vol. 1, p. 125.

[6] H. J. Stoebe, «hesed “Solidaridad”», en Diccionario teológico manual del AntiguoTestamento, vol. 1, p. 847.

[7] A. Ringgren, «sana‘ “Modest”», en Theological dictionary of the Old Testament, William B. Eerdmans Publishing Company, Michigan 1999, p. 421.

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