Cultuar y Cultivar


Por Luigi Schiavo

No sé si alguna vez nos hemos hecho esta pregunta: “¿Qué religión queremos o nos gustaría? Hemos estado acostumbrados a no hablar de estas cosas, por lo que hay cierto temor en nosotros, tal vez incluso inquietud y miedo. Creemos que la religión es monopolio de los curas, mientras que es un aspecto esencial de nuestra vida.

Luigi Schiavo

Jesús, en la transformación del agua en vino en Caná de Galilea (Jn 2,1-11), critica la religión de su tiempo. Estaba profundamente insatisfecho con ella, y con razón. El texto hace un amplio uso del lenguaje simbólico: la boda (la relación entre Dios y su pueblo), el vino que se acaba (el amor de pareja), las 6 ánforas llenas de agua, pero no de vino (la ley judía que ha perdió su poder salvador), etc…

Como sucede en muchas de nuestras parejas y familias, también en la religión se puede perder el amor, la alegría de estar juntos: se hacen muchas cosas juntos, se participa de tantas celebraciones religiosas, se recibe muchas Comuniones, pero: ¡nada cambia! Ya no existe el entusiasmo del primer amor. Así Jesús percibía la religión de su tiempo: tantas prácticas vacías que habían perdido su sentido. Tal vez sea lo mismo para nosotros hoy.

Cómo entonces transformar el agua en vino, redescubriendo la alegría, el entusiasmo, el sentido de lo que se hace. ¿Qué hacer? ¿A quién ir? ¿Dónde mirar? Mucha gente se aventura en movimientos espiritualistas y sectas que tienen su propio atractivo, porque al menos ofrecen relaciones auténticas entre las personas. Otros se dejan llevar: ya no buscan nada, porque, en realidad, lo que ofrece el mercado es muy poco. Creo que en todo esto debemos tener el coraje de la autenticidad y la coherencia: abandonar lo viejo y mohoso, que ya no tiene nada más que decir, para centrarnos en lo que todavía tiene sentido y puede alimentar nuestra búsqueda y hambre interior.

Para eso, es esencial volver nuestra mirada a nuestro alrededor, porque, si la religión no nos lleva al otro, tampoco nos llevará a ese Otro que no conocemos. El culto que debemos a Dios, según la etimología del término “, no es más que “cultivar”, cuidar de los que nos rodean, como dice Isaías: “No me traigan más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas… no aguanto reuniones y crímenes. Lávense, purifíquense, aparten de mi vista sus malas acciones. Cesen de obrar mal, aprendan a obrar bien; busquen el derecho, enderecen al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda” (Is 1,13-16).

Jesús creía menos en las prácticas religiosas de piedad y más en las personas, incluso si eran pecadores e impuros. Quizás no sea esto lo que nos falta: hemos reducido la religión a una serie de prácticas vacías y repetitivas y hemos perdido el elemento social, fraterno, de amor y encuentro. Hemos perdido la fuerza de la espiritualidad que nos lleva al otro y que, en realidad, es la esencia de la religión y de la vida.

Vayamos a Dios a través del otro: descubriremos que el verdadero culto es cuidar al otro, más que llenar la vida de prácticas vacías.


El autor, Doctor en ciencias de la religión, con especialización biblia. Fue coordinador de teología en la Universidad Pontificia de Goias (Brasil). Investigador en el Departamento Ecuménico de Investigación DEI, de Costa Rica 2011.


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