Clericalismo, sinodalidad, autorreferencialidad: Tres palabras sobre la carta del cardenal Marx


Tres palabras sobre la carta del cardenal Marx*

(Texto de Don Gennaro Pagano) Ayer por la tarde [n.r. 04 de junio del 2021] mientras me preparaba para dar una lección sobre el tema del abuso en la iglesia y sobre lo que se está haciendo para la protección de menores y personas vulnerables, recibí un mensaje de un amigo con la carta. de la dimisión de Reinhard Marx.

Un gesto contundente, dramático, de alto valor simbólico y, más allá de cualquier conspiración motivacional, sintomático de un malestar que ya no se puede manejar con paliativos ya que requiere un cuidado profundo, capaz de afectar la integridad del cuerpo eclesial. En el material preparado para la lección había notado una expresión muy cercana a los términos utilizados por el cardenal bávaro, que llamó la atención de los estudiantes: “El sistema eclesial tal como está configurado actualmente es un factor de riesgo de conducta abusiva“.

Me doy cuenta de que es una afirmación dura y que podría causar perplejidad si la dijera de manera casual un simple sacerdote pero el conocimiento del tema y diversas consideraciones científicas y éticas me llevan a pronunciarla sin dudarlo. Y por eso no me sorprende en absoluto que Marx hable de un fracaso “institucional y” sistémico “(…) que exige cambios y reformas de la Iglesia”.

Uno de los errores más grandes que la iglesia podría cometer y quizás está cometiendo es considerar el abuso como un problema exclusivamente práctico y relacionado con el comportamiento impropio de una minoría muy clara a ser condenada. Es la historia de la manzana podrida que se aisló para salvar la gran canasta de hermosas y sabrosas manzanas. Pero esta actitud en una visión sistémica (¡y no es casualidad que el cardenal Marx hable de un sistema!)

No tiene por qué existir porque la manzana podrida es expresión y síntoma de toda una canasta de manzanas mal conservada y por tanto en riesgo de convertirse en marcha en su totalidad. Por eso, para evitar realmente otras descomposiciones no basta con tirar la manzana podrida sino que es necesario intervenir en las reglas de conservación, modificándolas, adaptándolas, reformándolas.

Este me parece el pasaje más importante, y absolutamente aceptable, contenido en la carta al Papa dada a conocer ayer [n.r. 04 de junio del 2021]. Sin una reforma seria de la iglesia no es posible decir que realmente estamos abordando el problema del abuso sexual que representa solo la punta de un enorme iceberg que concierne a diferentes temas que corren el riesgo de socavar la tanta belleza contenida en la iglesia y lo que para el que nació y al que se orienta su existencia: anunciar el Evangelio y contribuir a la edificación del reino. Hay muchos temas por abordar pero creo que al menos tres necesitan una explicación clara capaz de plantear preguntas honestas e inevitables: clericalismo, sinodalidad, autorreferencialidad.

El Papa Francisco desde el comienzo de su servicio petrino denunció la enfermedad del clericalismo de todas las formas posibles, indicando sus características, explicando su falta de fundamento evangélico, mostrando los caminos espirituales correctos para salir de ella y prevenirla. ¿Pero todo esto es suficiente? ¿Es realmente concebible que la orientación subjetiva y la praxis, que obviamente no se pueden ignorar y que es el corazón de todo camino de conversión, sean suficientes por sí solas para detener la enfermedad?

En mi opinión, la iglesia corre el riesgo de enmarcar bien la enfermedad pero de ignorar (quizás por miedo) el contexto ambiental que la produjo, las condiciones que permitieron que se arraigara. En este sentido, no es necesario comprender y profundizar aún más la teología actual del sacramento del orden para eliminar de raíz los presupuestos doctrinales y canónicos que corren el riesgo de seguir haciendo creer a los presbíteros que pertenecen a una clase “elegida” “. separados “, ¿a quiénes se les confieren roles y poderes no para los demás sino sobre los demás? El sentido del poder sagrado es y será siempre un humus fértil para los abusos de poder, de conciencia, económicos y sexuales.

Una forma saludable de superar cualquier forma de clericalismo podría ser sin duda la sinodalidad que, al empujar a todo el pueblo de Dios a caminar juntos, tiene el potencial de evitar cualquier forma de degeneración del poder y de los ministerios. Pero con honestidad hay que señalar que la palabra sinodalidad, a pesar de estar entre las más utilizadas en las últimas décadas eclesiales, se ha convertido en un escaparate vacío en el que la joya de la sinodalidad se ha reducido a una pura orientación espiritual oa una marca detrás de la cual la habitual lógica de poder por la cual, quien se sienta en una silla sacra, pre-empaca citas, camina y destinos pidiendo solo después al resto del rebaño que lleguen juntos, haciéndolo – como dicen en mi parte – “tonto y feliz” .

La sinodalidad entre obispos y presbíteros, así como entre sacerdotes y laicos, se deja de hecho a la discreción, la fe y la inteligencia de los ministros porque el sistema canónico hace que cada comparación sea meramente consultiva y nunca vinculante con respecto a opciones concretas. Un obispo puede convocar mil reuniones, consultas, talleres y luego hacer exactamente lo contrario. Entonces un párroco. Sin una reforma de las leyes canónicas que regulan la práctica eclesial, la sinodalidad está destinada a permanecer como una palabra vacía en manos del clero y a convertirse en práctica concreta sólo cuando sea pronunciada por hombres honestos y en armonía con el Evangelio.

*Gennaro Pagano. Escrito el 05 de junio del 2021
Presbítero, psicólogo y psicoterapeuta.


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