La “Iglesia del umbral”


Por Luigi Schiavo

Estamos en plena corrida por la vacuna contra el Covid 19. La organización People’s Vaccine denuncia que los países ricos ya están tres veces más aventajados que los países pobres. Por ejemplo, Europa ha comprado 600 millones de dosis de la vacuna, para una población de aproximadamente 450 millones de habitantes. Canadá tendrá 9,5 dosis por habitante, mientras que el Reino Unido tendrá 5,3 dosis por habitante igual que Australia. Debido a esta incapacidad de pensar en soluciones comunes para un problema global, se estima que solo uno de cada 10 podrá recibir la vacuna en los países pobres hasta el final de 2021. La insensibilidad de los ricos no tiene límites y pondrá en grave peligro las soluciones de cura contra el virus, porque si no se vacuna toda la humanidad, no será posible vencer la pandemia.

El Evangelio de este domingo presenta a Jesús asediado por personas enfermas que buscaban ser sanadas (Mc 1, 29-39). El texto deja entrever un pueblo abandonado, un rebaño sin pastor, totalmente a merced de enfermedades, prejuicios, hambre y sufrimientos de todo tipo. Había varios problemas que asolaban al pueblo: físicos, psiquicos (como los endemoniados), sociales (como la lepra); además, tenían que producir para mantener al rey, las tropas romanas que ocupaban el territorio y el templo de Jerusalén: la pobreza, el hambre, el sufrimiento y el trabajo esclavo eran su pan de cada día. Jesús cuida a estas personas y desde el umbral de la casa de Pedro, sana a quienes eran traídas. El evangelista señala que toda la ciudad de Cafarnaum estaba reunida frente a la puerta de la casa de Pedro. Una casa que es imagen de la primera comunidad cristiana, caracterizada por el servicio y la apertura al exterior, ofreciendo atención, acogida y esperanza.

Esta casa representa la “Iglesia del umbral”, como la había definido el gran teólogo conciliar Congar. “Sus fronteras son más indeterminadas; puede ser habitada por personas con una fe incierta, dudosa y poco ortodoxa. Pero también es una Iglesia capaz de lanzar puentes entre la objetividad de su doctrina teológica, moral y litúrgica, y la subjetividad diversa de quienes baten a su puerta, en busca de Dios y de la palabra del Evangelio” (S. Dianich).

El umbral, de hecho, es el punto de encuentro entre un interior y un exterior: al interior está la comunidad que se nutre de la fraternidad y de fuertes vínculos relacionales. Sin embargo, es una comunidad abierta a los que están afuera para compartir el gozo del evangelio. El umbral es como un puente que une dos bordes y que debe ser atravesado en ambos sentidos, pero sin detenerse en él. De esta manera, la comunidad es transformada por el contacto con el mundo exterior, que finalmente pasa a formar parte de la gran familia de Dios. La puerta abre, une y conecta. En el Evangelio de Juan esta puerta es el mismo Jesús, que abre el acceso a la vida divina (Jn 10, 9). Una puerta que exige romper con los límites y las fronteras en las que se ha cerrado la Iglesia, para abrirse al mundo, dejando que la vida del pueblo, sus sufrimientos y angustias perturben su tranquilidad y la obliguen a comprometerse con la humanidad sufrida.

La corrida por las vacunas contra Covid 19 nos recuerda que todavía hay demasiados límites, barreras y muros que separan a la humanidad. Elegir como Jesús el umbral de la comunidad es aceptar salir de nuestras certezas para construir el “nosotros” de la fraternidad humana, como recuerda el Papa Francisco en la encíclica “Fratelli Tutti” (n. 17). Porque el nosotros viene antes que el mío. Afirma Papa Francisco: “Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”. Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender. Ojalá no nos olvidemos de los ancianos que murieron por falta de respiradores, en parte como resultado de sistemas de salud desmantelados año tras año. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado.”(FT 35).


El autor Luigi Schiavo, Doctor en ciencias de la religión, con especialización biblia. Fue coordinador de teología en la Universidad Pontificia de Goias (Brasil). Investigador en el Departamento Ecuménico de Investigación DEI, de Costa Rica 2011.


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