¿Ganar o perder?


Por Luigi Schiavo

En un mundo dominado por la economía, términos como: ganar o perder son muy comunes. La economía capitalista pone el lucro en el centro de sus búsquedas, porque genera y alimenta el capital, la riqueza, los sueños, el ídolo de la economía capitalista, y crea la ilusión de seguridad, felicidad y, sobre todo, la libertad de poder realizar lo que quieras.

La actitud básica que se promueve es la competencia, el éxito, el mito del progreso infinito, que garantizan fuerza, poder, grandeza, mientras que el fracaso y la pérdida equivalen a la desgracia. No cuentan las terribles consecuencias que esta ideología puede generar, solo cuentan los beneficios personales.

En el Evangelio de este domingo (Mt 16, 21-27), Jesús también habla de ganancia y pérdida, pero refiriéndose a otra riqueza: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” Jesús invierte los términos de la economía: para él, la ganancia consiste en perder y la pérdida es ganar. El concepto de economía usado por él es justamente lo opuesto a los cánones de la economía capitalista.

El verdadero capital, para Jesús, no consiste en la acumulación de una riqueza material individual. Al contrario, para Jesús es necesario procurar una riqueza común y compartida que ponga en el centro las relaciones fraternas. Y nos invita a seguirlo por este camino, que puede parecer duro, difícil y contracorriente: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

La propuesta de Jesús se basa en la conciencia de que todos somos hermanos y tenemos los mismos derechos, como expresa en el mandamiento del amor: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-31). En este contexto, “perder la vida” significa considerar en un segundo plano los intereses propios, para dar prioridad a lo colectivo y al interés común, porque la felicidad individual depende de la de los demás y viceversa. Es decir: los otros nos son indispensables, como el aire que respiramos. Este es el camino del amor, no tan natural, y que a veces también requiere renuncias y sacrificios (la cruz, de la que habla Jesús). De hecho, en el campo del amor, “hay más alegría en dar, que en recibir” (Hch 20, 35).

El capitalismo, en cambio, fomenta el interés de unos pocos: con ello, hace diferencias entre personas, divide, crea una sociedad injusta, genera miseria, pobreza, abandono, provoca la muerte de poblaciones enteras, destruye la naturaleza. Es un sistema injusto, dañino y antiético. Y las consecuencias que provoca, las tocamos con mano todos los días: migraciones de enteras poblaciones, guerras, colonización, racismo, genocidio, calentamiento global, destrucciones, contaminación ambiental, y por último, también el Covid 19. Este es el proyecto de Satanás, a quien Jesús rechaza, reprobando con dureza a Pedro, que se había dejado engañar por él.

Si queremos un mundo diferente, y también una Iglesia diferente, debemos cambiar de perspectiva, adquiriendo una mirada amplia, global, capaz de considerar la vida como un gran sistema de relaciones e interdependencias. Ya no podemos pensar solo en nosotros mismos: lo que pasa con el aire, el agua, los bosques, los indios, los animales, el clima, con las guerras, las crisis económicas, las migraciones, la naturaleza involucra positiva y negativamente a todos. Porque nuestras decisiones personales afectan al entero sistema y viceversa.

Pensar en la economía es entonces necesario, pero a otra economía, que traiga en el centro la “casa común”: es aquí donde se decide el futuro de la humanidad, la salvación y la felicidad, nuestra y de todos.


El autor Luigi Schiavo, Doctor en ciencias de la religión, con especialización biblia. Fue coordinador de teología en la universidad pontificia de goias (Brasil) fue investigador en el departamento ecuménico de investigación dei, de costa rica 2011.

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