“Experimentar la cercanía y la ternura de Dios en medio del dolor”


Introducción

La grave situación en la que se encuentran muchos países del mundo a causa de la rapidísima difusión del Covid-19 nos pone a prueba a todos. Sabemos que, lamentablemente, esta crisis no se resolverá en poco tiempo, y que la pandemia se está difundiendo. Estamos ante una situación que hasta hace pocas semanas parecía inimaginable, como el escenario de una película de ciencia ficción.

Todo ha cambiado de repente, y lo que antes dábamos por supuesto parece vacilar: el modo de relacionarnos con los demás en el trabajo, la gestión de los afectos, el estudio, el ocio, la oración y la posibilidad de participar en la Misa…

En cualquier caso, lo más grave es que esta epidemia —como toda epidemia— no supone solamente una amenaza para las costumbres consolidadas, sino que, sobre todo, es causa de miles de muertes, de mucho dolor, de tanto sufrimiento. Millares de personas han enfermado gravemente, han muerto. Numerosas familias lloran a sus seres queridos sin haber podido estar cerca de ellos ni decirles adiós, y que han sido cremados sin que se haya celebrado un funeral.

La muerte en tiempos del Covid-19 se caracteriza precisamente por la soledad, por la imposibilidad de tener al lado a los propios seres queridos, de recibir los sacramentos, de confesarse, de estar acompañados, en el último aliento, por una voz amiga que no sea la de los médicos o las enfermeras que trabajan en los hospitales al límite de sus fuerzas. A estos últimos va el agradecimiento de todos, porque luchan cotidianamente en primera línea por la vida de las personas. Junto a ellos hay que recordar a los agentes de la seguridad pública, las personas que trabajan en actividades estratégicas para la comunidad, los numerosos voluntarios que siguen ayudando a los más necesitados, a los ancianos solos, a los pobres. Es preciso recordar también a los muchos sacerdotes, religiosos y religiosas que comparten los sufrimientos de su gente: tantos han sacrificado su propia vida.

Para muchos creyentes, la imposibilidad de participar en la liturgia y en los sacramentos agrava la situación de pérdida, desánimo y desconcierto, aunque la Iglesia nos invita a renovar nuestra fe en Cristo Resucitado, que  ha vencido la muerte y la ha hecho lugar de encuentro seguro con el rostro bueno del Padre. Las dificultades del momento han estimulado la creatividad y la inventiva de muchos sacerdotes que, utilizando los nuevos medios de comunicación, se hacen presentes en la vida de las comunidades y de las familias encerradas en las casas de las ciudades semidesiertas.

La realidad, en su evidencia, nos pide que vivamos este tiempo —por el bien de todos, especialmente de las personas que corren un mayor riesgo— en la soledad de nuestras casas, de los hospitales, de las casas de reposo.

Cierto, las preguntas de fe permanecen, porque como creyentes no hemos sido educados en los últimos decenios para vivir semejantes emergencias, es decir, para vivir la comunión eclesial a pesar de la separación y la lejanía sin arriesgarnos a ceder a la tentación de una devoción puramente solitaria. Sin embargo, es útil recordar que esta no es la primera vez que la humanidad, y los cristianos, se han encontrado ante un evento de este tipo. La fe cristiana, vivida diariamente en sus elementos esenciales, genera una mirada sobre la realidad, la posibilidad de vislumbrar la mano de un Dios que es Padre bueno y que nos ha amado tanto como para sacrificar a su Hijo por nosotros. La Iglesia lleva así en su tradición viviente un tesoro de sabiduría, esperanza, oportunidad para seguir experimentando —en la soledad, y a veces incluso en el aislamiento— que somos verdaderamente “una sola cosa” gracias a la acción del Espíritu Santo.

Este libro quisiera ser una pequeña ayuda ofrecida a todos, para que sepamos ver y experimentar la cercanía y la ternura de Dios en medio del dolor, el sufrimiento, la soledad y el miedo. Cierto, la fe no borra el dolor, la comunión eclesial no quita la angustia; pero iluminan la realidad y la revelan como habitada por el amor y la esperanza fundada no sobre nuestras capacidades, sino precisamente sobre Aquel que es fiel y no nos abandona nunca.

El texto se articula en tres secciones. En la primera encontramos oraciones, ritos, súplicas para los momentos difíciles. Son textos que provienen de distintos contextos eclesiales, pertenecen a diversas épocas históricas, y por eso pueden ser fuente ulterior de compartición en el ámbito de la Iglesia universal. Hay oraciones por los enfermos, para liberarnos del mal, para encomendarnos confiadamente a la acción del Espíritu Santo.

A continuación viene una segunda parte que recoge las indicaciones de la Iglesia para seguir viviendo y acogiendo la gracia del Señor, el don del perdón y de la Eucaristía, la fuerza de las celebraciones pascuales, aunque no podamos participar físicamente en los sacramentos.

Por último, la tercera parte reúne las palabras que el Papa Francisco ha pronunciado a partir del pasado 9 de marzo para sostener a toda la comunidad eclesial en este tiempo de prueba; la mayor parte son homilías cotidianas de la Misa de Santa Marta y textos de los Ángelus dominicales.

Escuchar su palabra nos ayuda a reflexionar y a esperar, nos hace sentir en comunión con Pedro y unidos a él.

Este libro que el Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede ha querido preparar, poniéndolo a disposición de todos, tiene una característica fundamental: es actualizado constantemente, a la luz de las nuevas intervenciones del Papa y del “redescubrimiento” de otros tesoros de nuestra tradición eclesial. Por tanto, el libro será publicado como PDF en el sitio de la Librería Editrice Vaticana, y se podrá descargar gratuitamente. Hay que tener en cuenta que será actualizado varias veces a la semana, y que la nueva versión actualizada con el añadido de nuevos textos se podrá descargar otra vez.

En la portada figura una imagen del arcángel Miguel, que protege la Iglesia contra el mal y nos sostiene en esta difícil prueba, para que este mal no consiga dañar nuestra confianza en el Padre y la solidaridad entre nosotros, sino que se convierta en una ocasión para discernir lo que es verdaderamente esencial en nuestras vidas, y para compartir el amor de Dios entre todos nosotros, especialmente con quien más lo necesita hoy.

Andrea Tornielli

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