María mujer de la Palabra


Por María Inés Casalá

*POCAS PALABRAS

Seguramente nos gustaría saber más acerca de María. Sin embargo en el Evangelio, encontramos pocas palabras. Ella, que convivió con Jesús, que compartió comidas, paseos, trabajo, alegrías, sufrimientos, ¡cuántas cosas habrá ella escuchado de su hijo! María supo decir lo necesario. En un mundo saturado de palabras vacías y de otras que sólo producen dolor o peleas, esta actitud nos tendría que llevar a pensar cuáles son las palabras necesarias de decir y cuáles debemos guardar en nuestro corazón.

  • HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA

Este es el gran consejo y el mensaje central de María. Sin embargo, para poder seguirlo deberíamos cultivar algunas actitudes:

Saber qué dice Jesús
Muchos cristianos se han quedado con lo que aprendieron en la preparación de la Primera Comunión. Sus contenidos de la fe fueron adquiridos varios años atrás y nunca crecieron. Para saber qué nos dice Jesús a cada uno, se necesita una actitud de búsqueda permanente. Búsqueda personal y comunitaria. De esta forma, iremos teniendo algunas certezas pequeñas y otras grandes, -como la certeza de que Dios es un padre bueno-, que nos guiarán en nuestra vida. Sólo sabiendo lo que nos dice Jesús podremos hacerlo.

Escuchar a los otros
Fuimos creados para vivir con otros, para relacionarnos con los demás y así crecer como personas. El que tiene una verdadera actitud de escucha, podrá ir reconociendo en su vida la voluntad de Dios.

Conocernos a nosotros mismos
¿Qué quiere Jesús de nosotros? Lo mejor para cada uno, aquello que podemos realizar de acuerdo con nuestras capacidades, desarrollando los dones que Dios ha puesto en nuestro interior. Debemos, por lo tanto, ser capaces de adentrarnos en lo más profundo de nuestro ser para descubrir las capacidades que poseemos.

Escuchar e interpretar su Palabra
A veces creemos que al tener la capacidad de oír, ya sabemos escuchar. Sin embargo, no sólo recibimos los mensajes a través de los oídos. Hace unos días, un amigo nos contaba que había hecho toda su secundaria en un colegio de Don Orione. Sin embargo, al finalizar quinto año, no sabía qué era el Cottolengo. ¿Nunca le habían hablado del Cottolengo en cinco años? Seguramente sí, pero él, en ese momento, tenía su corazón en otro lado y no escuchó. No escuchamos sólo por no ser sordos. Se necesita voluntad de escucha. De la misma forma, para interpretar, tenemos que estar abiertos para no quedarnos con una opinión errónea.

Adherir de corazón a su Palabra
No basta una adhesión intelectual a la palabra de Dios sino se está comprometida toda la persona. Las razones que podemos encontrar en el plano de la lógica no bastan para vivir la palabra de Dios. Tenemos que amarla, ser capaces de jugarnos por ella, hacerla carne. Convencernos de que vivir el evangelio, es la única forma de vivir plenamente como personas. María amaba a Dios y por eso, pudo aceptar -aunque seguramente sin comprender-, la pasión de su hijo.

  • EL SEÑOR HIZO EN MÍ MARAVILLAS

Hace unos días salí de mi casa hacia el colegio protestando por el estado de mi pelo. Parecía sin forma y, a pesar de mi esfuerzo, caía para donde él quería. Ni bien comencé a saludar a los chicos, algunas nenas se acercaron y comenzaron a tocarme la cabeza. ¡Qué lindo pelo! ¡Qué suave!. Decían mientras no dejaban de tocarlo. “Siempre tenés el pelo re lacio”, dijo una con la cabeza llena de rulos. Y, apenas me distraía, venían a tocarme el pelo. En ese momento recordé esta frase que escuchamos y repetimos tantas veces. Dios hizo en cada uno de nosotros maravillas. Lo que ocurre es que nos es más fácil ver lo que tienen los demás en vez de apreciar lo que nosotros poseemos. Una antigua canción decía: “El ser humano nunca aprenderá, tiene al agua en la boca, y busca el mar”. Es bueno desear mejorar cada día, pero es necesario amar lo que somos, porque, sólo desde ahí, podremos crecer.

Y no podemos olvidar una de las principales actitudes de María: guardar todo en el corazón. No para enterrarlo ahí. “Lo que no decimos, nos hace mal”, me dijo una nena de diez años después de decirle a un compañero que le daba asco. “Mi mamá me dijo que tengo que decir todo lo que pienso”, agregó. Seguramente, si hubiera pasado ese pensamiento por su corazón, se hubiera dado cuenta de que iba a hacer sufrir a un compañero, y no lo hubiera dicho, porque es una buena persona.


Que, como María, seamos capaces de pasar nuestra vida por el corazón para que, de esa forma, se impregne de amor.

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