“La narración de la creación al inicio de la Torah, al igual que la Biblia cristiana”: Sínodo de la Amazonia.


Ponencia de Patxi Álvarez SJ, experto en ecología, durante el seminario pre-sinodal

Hacia el Sínodo Especial para la Amazonía: Dimensión regional y universal.

Ecología integral en la Amazonía a la luz de la Laudato Si`

Seminario de Estudio. 

Hacia el Sínodo Especial para la Amazonía: Dimensión regional y universal

25 al 27 de febrero de 2019

Patxi Álvarez sj

Índice

1.      La acción de gracias, puerta que conduce al cuidado de la creación   

2.      La vida amenazada   

3.      El origen de las amenazas a la vida   

4.      La necesidad de una ecología integral 

5.      El diálogo requerido  

6.      Nacer de nuevo   

El presente texto recorre algunos hilos directrices de la Encíclica Laudato Si’, apuntando a su vez a temáticas que atañen de un modo particular a la Amazonía, a la situación de la naturaleza en ella y a la de las personas que la habitan. Sin embargo, tal como fue solicitado al autor, se detiene con más intensidad en las vetas que animan la reflexión de la Carta, dado que las cuestiones que se referirán a la Amazonía encontrarán un mayor desarrollo en otras aportaciones de la misma jornada del Seminario. Aquí solo se espigan algunas realidades amazónicas, sabiendo que la Encíclica proyecta su propia luz sobre ellas.

De hecho, la Encíclica menciona de modo explícito a la Amazonía en el n. 38, refiriéndose a ella –junto a la cuenca fluvial del Congo– como “pulmones del planeta repletos de biodiversidad”. Señala que estos lugares tienen importancia “para la totalidad del planeta y para el futuro de la humanidad”. Además de recordar la riqueza y valor de lugares como la Amazonía, la Carta indica su fragilidad, expuesta a “los enormes intereses económicos internacionales”. Citando el Documento de Aparecida (2007) dirá que existen “propuestas de internacionalización de la Amazonía, que solo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales”. Finalmente, en ese mismo número agradece la labor de organizaciones internacionales y de la sociedad civil que sensibilizan a la población sobre esta problemática, realizan cooperación y ejercen mecanismos de presión para que los países protejan esta riqueza propia, que pertenece al acervo propio de toda la humanidad.

El presente texto[1] comienza subrayando la necesidad de la acción de gracias y la alabanza por la naturaleza para poder despertar de manera espontánea el aprecio y el cuidado por ella. Se detiene a continuación en la consideración de las problemáticas medioambientales actuales, que están degradando, al mismo tiempo, tanto a la naturaleza, como al propio ser humano, pues el ámbito natural y el humano se deterioran juntos (LS 48) [2]. De modo particular, está afectando a las poblaciones humanas más pobres, que son las más amenazadas. En tercer lugar, explora las raíces profundas del daño que experimenta la naturaleza y que tienen un origen humano. Somos nosotros los causantes de un incremento del sufrimiento del medioambiente. En el cuarto epígrafe se refiere a un concepto clave de la Carta, la “ecología integral”, refiriendo las distintas componentes que contiene, que van mucho más allá del mero cuidado de la naturaleza, abarcando el conjunto de dimensiones de la vida humana. Los dos últimos epígrafes están dedicados a las propuestas que la Encíclica expone para afrontar este desafío: el diálogo para la dimensión social y la espiritualidad –y la correspondiente educación– para la dimensión personal.

1.     La acción de gracias, puerta que conduce al cuidado de la creación

La Encíclica ofrece su propio título como pórtico de entrada al cuidado de la casa común: Laudato Si`. El texto consiste en un cántico, una alabanza a Dios por la creación, una acción de gracias por el regalo de la vida que nos ha sido dada. Esa exclamación constituye la vía de acceso a la protección del medioambiente.

La expresión Laudato Si’ forma parte de una misma familia de títulos que el Papa Francisco nos ha ofrecido en sus documentos, en los que aparece de modo constante una referencia a la alegría: Evangelii Gaudium, Amoris Laetitia, Gaudete et exsultate o Veritatis Gaudium. Hablar de Dios supone expresar su condición de buena noticia para el ser humano: Dios es gracia, suscita nuestra alabanza y provoca nuestro agradecimiento.

En la puerta de entrada de esta Encíclica resuena el eco de la primera página del Génesis, del relato de la creación (Gen 1, 1 – 2,3). Esa narración también es un canto envolvente, que asciende cada día que pasa y que cuenta con su propio estribillo: “Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana, día tercero” (o cuarto, quinto o sexto…). El punto culminante se alcanza con la creación del ser humano. Es entonces cuando Dios mira todo lo que había creado y vio que “era muy bueno” (Gen 1, 31).

Aunque no es el texto más antiguo, los judíos quisieron situar esta narración de la creación al inicio de la Torah, al igual que la Biblia cristiana lo ubica al comienzo de sus páginas. Este relato invita a interpretar la historia de salvación en clave de la bondad, belleza y misericordia de Dios y de su creación. La creación entera es un regalo maravilloso de Aquel que es todo bien. En nosotros produce admiración y una desbordada acción de gracias.

Durante siglos, la creación para los israelitas no comprendía más allá de la extensión del Fértil Creciente, la estrecha franja de su media luna. Todo lo demás era tierra ignota. Aquella pequeña y limitada expresión de la majestuosidad creadora de Dios provocaba su más elevada admiración.

La admiración que suscita la Amazonía

¿Qué habría sido si hubieran conocido la Amazonía? ¿Cómo se habrían expresado? Tal vez se habrían quedado deslumbrados por sus dimensiones y exuberancia, por su diversidad y riqueza, por la generosidad que en ella exhibe la naturaleza y la variedad de la presencia humana. Hablamos de 6,7 millones de Km2 de bosque en 8 países (22 veces la superficie de Italia), del 20% del agua dulce del planeta, de más de 2.500 especies de peces identificadas, más de 40.000 de plantas, de 2.200 nuevas especies descritas desde 1999 y de la existencia de 350 grupos indígenas y de un gran número de pobladores hasta alcanzar los 34 millones de personas[3].

Ningún número puede dar cuenta de la vastedad de esta realidad única e inextricablemente hermanada. No podemos abarcar con nuestra conciencia la riqueza rebosante de la Amazonía. Querer desentrañar su misterio y sobreabundancia bajo el lenguaje de la cuantificación resulta tarea imposible. Solo el asombro continuado ante una realidad que nos supera da los pasos iniciales hacia una comprensión recta de lo que vemos.

Gratitud, alabanza, amor y cuidado

El asombro, la fascinación que la realidad produce en nosotros, engendra gratitud. Agradecemos aquello que admiramos, pues lo percibimos bueno y digno de ser querido. Entonces, la mirada se transforma en una forma de caricia, que no pretende sorprender la intimidad ajena, ni poseer las cosas, sino que goza respetuosamente de la belleza y la bondad de las personas y las realidades. El Papa Francisco dice que “el verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia”[4]. Así estamos invitados a contemplar la creación. También nos recuerda cómo Francisco de Asís se acerca a la naturaleza con “estupor y maravilla” (LS 11) y que de esa actitud brota su alabanza al Creador. Las cosas no son meros objetos de uso a nuestra disposición, sino un verdadero don que nos alegra: “el mundo es algo más que un problema que resolver, es un misterio gozoso” (LS 12). De ahí que la contemplación de la creación en general, y de la Amazonía en particular, suscite el agradecimiento a Dios y convoque la alabanza, con corazón encendido.

La naturaleza tiene una entrañable capacidad evocativa, es una suerte de sacramento de Dios, pues es signo de él y nos une a él. “Cuantos creen en Dios… escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación”[5]; es como un “espléndido libro en el cual Dios habla” (LS 12); “todo el universo material es lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros” (LS 84). Por eso, aunque nos maravilla lo que vemos y alabamos lo que contemplamos, finalmente nuestra loa se encamina hacia el Creador, a quien reconocemos en su desmesura por la grandiosidad de su obra. Caer en la cuenta de que la presencia del Señor asoma en las criaturas mueve al agradecimiento hacia el Creador: “cuando tomamos conciencia del reflejo de Dios que hay en todo lo que existe, el corazón experimenta el deseo de adorar al Señor por todas sus criaturas y junto con ellas” (LS 87).

Asimismo, en el momento en que agradecemos, nos percatamos de haber adquirido un compromiso de cuidado. Un regalo se nos confía; ignorarlo, desdeñarlo o destruirlo constituye una afrenta, un desprecio. Las cosas adquieren un valor adicional cuando son regaladas, pues vienen engalanadas con el afecto de quien nos las dio. Cuanto más valoramos a quien las donó, más esmero ponemos en ellas. No se cuelga el dibujo de un niño en la pared por el valor de su pintura, sino para enmarcar la belleza de su corazón generoso.

Seguir leyendo en: http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/noticias/ponencia-de-patxi-alvarez-sj–experto-en-ecologia–durante-el-se.html

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